Un grupo de jóvenes y adultos de la Parroquia Nuestra Señora de Loreto, junto con otras parroquias de la Congregación Hijos de Santa María Inmaculada (HSMI), peregrinamos a Chile para ver al Papa.

  

Les compartimos una crónica del viaje:

Durante el viaje en micro, muchos dimos testimonios, contamos nuestras historias de vida, compartimos por qué queríamos ir a ver a Francisco, para pedir y también para agradecer. Rezamos, cantamos al Señor y nos encomendamos a él para tener un viaje en paz. Fueron muchas horas y el cansancio se hizo presente, pero empezó a disiparse en cuanto vimos la Cordillera de los Andes, extraordinaria creación de Dios. Hasta el pasaje por la frontera fue bendecido porque estábamos nosotros solos.

Cuando llegamos al Campus San José, obra de los Hijos de Santa María Inmaculada (HSMI), nos recibió el sacerdote y otra gente del lugar, con algo caliente para comer y tomar, y todo preparado para un buen descanso. Esa misma noche conocimos a quienes iban a ser nuestros compañeros de cuarto, que terminaron convirtiéndose en nuestros hermanos.

El lunes comenzó de la mejor manera, desayunamos todos juntos y tras la puerta nos esperaba la naturaleza en todo su esplendor, un gran espacio verde, árboles, cerros y un sol radiante.

Luego de la misa en la acogedora Capilla, nos dividimos en distintos grupos y destinamos ese día para hacer algunas compras y sobre todo para pasear y conocer Santiago de Chile.

A las pocas horas estábamos inmersos en otra cultura, otra forma de vida, otro aire, otra gente. Aprendimos nuevas palabras, nos perdimos y nos volvimos a encontrar, compartimos el almuerzo, intercambiamos charlas con algunos chilenos en el metro y a la tardecita emprendimos el viaje de regreso, porque esa noche sabíamos que iba a ser muy larga…

Con solo un par de horas, u hora y media, de descanso, nos levantamos muy temprano en la madrugada del martes 16 de enero, para dirigirnos al Parque O'Higgins, junto con otras miles de personas, esperando la llegada del Papa Francisco.

Pasamos varias horas de frío pero valió la pena.

Mientras se hacía de día y llegaba cada vez más gente, cantamos, rezamos, escuchamos mensajes anteriores del Papa y presenciamos en vivo y en directo, a través de una pantalla, su llegada a Santiago y la visita a las autoridades.

Cuando avisaron por lo parlantes que Francisco estaba con nosotros, los suaves rayos de Sol nos envolvieron, dejamos de sentir frío y empezamos a sentir cómo latían todos los corazones juntos, con banderas y gorros en la mano, aplausos y gritos de alegría, lo recibimos mientras recorría todos los pasillos.

Desde el lugar donde estábamos no teníamos una buena visión del escenario y el altar, pero eso no nos importó, porque estábamos ahí, lo habíamos visto en el Papa móvil, lo teníamos a pocos metros, hablándonos, presidiendo una misa para todos, chilenos, argentinos y gente de otros países.

En un silencio absoluto, escuchamos la Palabra (San Mateo 5, 1-12) y la homilía (traducción recopilada del sitio web de ACI Prensa):

«Al ver a la multitud» (Mt 5,1). En estas primeras palabras del Evangelio que acabamos de escuchar encontramos la actitud con la que Jesús quiere salir a nuestro encuentro, la misma actitud con la que Dios siempre ha sorprendido a su pueblo (cf. Ex 3,7).

La primera actitud de Jesús es ver, mirar el rostro de los suyos. Esos rostros ponen en movimiento el amor visceral de Dios. No fueron ideas o conceptos los que movieron a Jesús… son los rostros, son las personas; es la vida que clama a la Vida que el Padre nos quiere transmitir.

Al ver a la multitud, Jesús encuentra el rostro de la gente que lo seguía y lo más lindo es ver que ellos, a su vez, encuentran en la mirada de Jesús el eco de sus búsquedas y anhelos. De ese encuentro nace este elenco de bienaventuranzas que son el horizonte hacia el cual somos invitados y desafiados a caminar.

Las bienaventuranzas no nacen de una actitud pasiva frente a la realidad, ni tampoco pueden nacer de un espectador que se vuelve un triste autor de estadísticas de lo que  acontece.

No nacen de los profetas de desventuras que se contentan con sembrar desilusión. Tampoco de espejismos que nos prometen la felicidad con un «clic», en un abrir y cerrar de ojos.

Por el contrario, las bienaventuranzas nacen del corazón compasivo de Jesús que se encuentra con el corazón compasivo y necesitado de compasión de hombres y mujeres que quieren y anhelan una vida bendecida; de hombres y mujeres que saben de sufrimiento; que conocen el desconcierto y el dolor que se genera cuando «se te mueve el piso» o «se inundan los sueños» y el trabajo de toda una vida se viene abajo; pero más saben de tesón y de lucha para salir adelante; más saben de reconstrucción y de volver a empezar.

¡Cuánto conoce el corazón chileno de reconstrucciones y de volver a empezar; cuánto conocen ustedes de levantarse después de tantos derrumbes! ¡A ese corazón apela Jesús; para que ese corazón reciba las bienaventuranzas!

Las bienaventuranzas no nacen de actitudes criticonas ni de la «palabrería barata» de aquellos que creen saberlo todo pero no se quieren comprometer con nada ni con nadie, y terminan así bloqueando toda posibilidad de generar procesos de transformación y reconstrucción en nuestras comunidades, en nuestras vidas.

Las bienaventuranzas nacen del corazón misericordioso que no se cansa de esperar. Y experimenta que la esperanza «es el nuevo día, la extirpación de una inmovilidad, el sacudimiento de una postración negativa» (Pablo Neruda, El habitante y su esperanza, 5).

Jesús, al decir bienaventurado al pobre, al que ha llorado, al afligido, al paciente, al que ha perdonado... viene a extirpar la inmovilidad paralizante del que cree que las cosas no pueden cambiar, del que ha dejado de creer en el poder transformador de Dios Padre y en sus hermanos, especialmente en sus hermanos más frágiles, en sus hermanos descartados.

Jesús, al proclamar las bienaventuranzas viene a sacudir esa postración negativa llamada resignación que nos hace creer que se puede vivir mejor si nos escapamos de los problemas, si huimos de los demás; si nos escondemos o encerramos en nuestras comodidades, si nos adormecemos en un consumismo tranquilizante (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 2). Esa resignación que nos lleva a aislarnos de todos, a dividirnos, separarnos; a hacernos los ciegos frente a la vida y al sufrimiento de los otros.

Las bienaventuranzas son ese nuevo día para todos aquellos que siguen apostando al futuro, que siguen soñando, que siguen dejándose tocar e impulsar por el Espíritu de Dios. Qué bien nos hace pensar que Jesús desde el Cerro Renca o Puntilla viene a decirnos: bienaventurados… Sí, bienaventurado vos y vos; a cada uno de nosotros. Bienaventurados ustedes que se dejan contagiar por el Espíritu de Dios y luchan y trabajan por ese nuevo día, por ese nuevo Chile, porque de ustedes será el reino de los cielos. «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9).

Y frente a la resignación que como un murmullo grosero socava nuestros lazos vitales y nos divide, Jesús nos dice: bienaventurados los que se comprometen por la reconciliación. Felices aquellos que son capaces de ensuciarse las manos y trabajar para que otros vivan en paz. Felices aquellos que se esfuerzan por no sembrar división. De esta manera, la bienaventuranza nos hace artífices de paz; nos invita a comprometernos para que el espíritu de la reconciliación gane espacio entre nosotros.

¿Quieres dicha? ¿Quieres felicidad? Felices los que trabajan para que otros puedan tener una vida dichosa. ¿Quieres paz?, trabaja por la paz. No puedo dejar de evocar a ese gran pastor que tuvo Santiago cuando en un Te Deum decía: «“Si quieres la paz, trabaja por la justicia”… Y si alguien nos pregunta: “¿qué es la justicia?” o si acaso consiste solamente en “no robar”, le diremos que existe otra justicia: la que exige que cada hombre sea tratado como hombre» (Card. Raúl Silva Henríquez, Homilía en el Te Deum Ecuménico, 18 septiembre 1977).

¡Sembrar la paz a golpe de proximidad, de vecindad! A golpe de salir de casa y mirar rostros, de ir al encuentro de aquel que lo está pasando mal, que no ha sido tratado como persona, como un digno hijo de esta tierra. Esta es la única manera que tenemos de tejer un futuro de paz, de volver a hilar una realidad que se puede deshilachar.

El trabajador de la paz sabe que muchas veces es necesario vencer grandes o sutiles mezquindades y ambiciones, que nacen de pretender crecer y «darse un nombre», de tener prestigio a costa de otros. El trabajador de la paz sabe que no alcanza con decir: no le hago mal a nadie, ya que como decía san Alberto Hurtado: «Está muy bien no hacer el mal, pero está muy mal no hacer el bien» (Meditación radial, abril 1944).

Construir la paz es un proceso que nos convoca y estimula nuestra creatividad para gestar relaciones capaces de ver en mi vecino no a un extraño, a un desconocido, sino a un hijo de esta tierra.

Encomendémonos a la Virgen Inmaculada que desde el Cerro San Cristóbal cuida y acompaña esta ciudad. Que ella nos ayude a vivir y a desear el espíritu de las bienaventuranzas; para que en todos los rincones de esta ciudad se escuche como un susurro: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9).

Más allá de todas las referencias a Chile y a su realidad de vida, este mensaje nos tocó el corazón, porque sabemos que Jesús quiere que todos, en cada rincón del mundo, trabajemos por la paz, y, como dice el Papa, esto es posible a “golpe de proximidad”, de “ir al encuentro”. Esto falta en Argentina, porque vivimos divididos, en constante tensión. Si no miramos el rostro del que tenemos al lado, de nuestro vecino e incluso de nuestros propios familiares, no podremos trabajar por la paz, que es a lo que nos llama Jesús.

Con estas palabras guardadas en nuestros corazones, nos tomamos todos de la mano y rezamos el Padre Nuestro. Luego recibimos la Eucaristía con religiosos que estaban ubicados a lo largo del parque y nos despedimos del Papa con ganas de algo más, de verlo y escucharlo hablar de nuevo, pero con la esperanza del día siguiente, en el cual lo ibamos a encontrar en el Encuentro con los jóvenes.

Y así fue, el miércoles nos esperaba otro mensaje que Jesús tenía preparado para nosotros. Fue algo totalmente diferente a la misa, e igual de bendecido y único. Esta vez pude verle el rostro al Papa, que pasó con el Papa móvil más despacio y saludando hacia donde nos encontrábamos los peregrinos de HSMI. Todo gritábamos: ¡Ésta es la juventud del Papa!

Francisco se dirigió a los jóvenes con un discurso de media hora y nos regaló su hermosa sonrisa. El clima era de fiesta, aunque el sol picaba fuerte, el Santuario de Maipú contaba con muchos colaboradores que nos asistían con agua y consejos para cuidarnos.

Luego de la Liturgia de la Palabra (San Juan 1, 35-42), Francisco comenzó su discurso, del cual nos interesa destacar algunas frases que calaron hondo en nuestro corazón:

(…) La fe provoca en los jóvenes sentimientos de aventura que invita a transitar por paisajes increíbles, paisajes nada fáciles, nada tranquilos… pero a ustedes les gustan las aventuras y los desafíos. (…) El camino hacia adelante, los sueños que tienen que ser concretados, el mirar siempre hacia el horizonte, se tiene que hacer con los pies en la tierra, y se empieza con los pies en la tierra de la patria. (…)

En mi trabajo como obispo pude descubrir que hay muchas, pero muchas, buenas ideas en los corazones y en las mentes de los jóvenes. Y eso es verdad ustedes son inquietos, buscadores, idealistas. ¿Saben quién tiene problemas? El problema lo tenemos los grandes que cuando escuchamos estos ideales, estas inquietudes de los jóvenes, con cara de sabiondos, decimos: ‘piensa así porque es joven, ya va a madurar’, o peor, ‘ya se va a corromper’. Y eso es verdad, detrás del ‘ya va madurar’ contra las ilusiones y los sueños, se esconde el tácito, ‘ya se va a corromper’. ¡Cuidado con eso! (…)

Madurar, la verdadera madurez, es llevar adelante los sueños, las ilusiones de ustedes, juntos, confrontándose mutuamente, discutiendo entre ustedes, pero siempre mirando hacia delante, no vendiendo esas ilusiones y esas cosas. ¿Está claro? (…)

La Iglesia tiene que tener rostro joven y eso ustedes tienen que dárnoslo. Pero claro, un rostro joven es real, lleno de vida, no precisamente joven por maquillaje, con crema rejuvenecedora, eso no sirve, sino joven porque desde su corazón se deja interpelar. (…)

Nunca pienses que no tienes nada que aportar o que no le haces falta a nadie. Le haces falta a mucha gente, y esto pensalo, cada uno de ustedes piénselo en el corazón, yo le hago falta a mucha gente. (…)

Mírense en su corazón: ¿Qué tengo yo para aportar en la vida y cuantos de ustedes sienten las ganas de decir no sé? ¿Lo tenes adentro y no lo conoces? Apurate en encontrarlo para aportar, el mundo te necesita, la patria te necesita, la sociedad te necesita.

Vos tenés algo que aportar, no pierdas la conexión. (…)

¿Qué haría Cristo en mi lugar? En la escuela, en la universidad, en la calle, en casa, entre amigos, en el trabajo; frente al que le hacen bullying: ‘¿Qué haría Cristo en mi lugar?’.

Cuando salen a bailar, cuando están haciendo deportes o van al estadio: ‘¿Qué haría Cristo en mi lugar?’. Esa es la contraseña, la batería para encender nuestro corazón, encender la fe y encender la chispa en los ojos. Que no se les vaya. Eso es ser protagonistas de la historia. Ojos chispeantes porque descubrimos que Jesús es fuente de vida y alegría. (…)

Gracias por el encuentro, gracias por la alegría de ustedes. Gracias, muchas gracias y les pido por favor que no se olviden de rezar por mí. Gracias.

Luego de estas palabras tan alentadoras y movilizadoras, le pedimos a Jesús que las guarde siempre en nuestros corazones y que nos enseñe cómo compartirlas con otras personas, a ser valientes como dice Francisco, en cada uno de nuestros sueños.

Todo lo que pasó después de estos dos días de gracia, fueron también bendiciones, mezcladas con algunas adversidades, pero en las que triunfó Cristo. Seguimos paseando, muchos de nosotros los peregrinos conocimos Viña del Mar, pero siempre divididos en grupos.

 

Dios vio esto, conoce el corazón de cada uno, y nos regaló una inesperada pero hermosa tarde en el medio de la Cordillera de los Andes, cuando quedamos todos varados con el micro, sin ningún lugar a donde ir. En esas horas surgió la solidaridad, el compartir más sano, la maravilla de cantar canciones alabando a Dios en ese paisaje tan natural, la unión y la paz.

Por todo esto, fue mucho más que un viaje, mucho más que una peregrinación o un retiro, fue una puerta a descubrir todo lo que Dios puede hacer, todo lo que Dios quiere hacer en y con nosotros, una lluvia de bendiciones, victorias de Jesús sobre las adversidades, fue un renacer como cristianos y una invitación a seguirlo hoy más que nunca.

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